—Pues, catá... El día que quiten la estancación se echa medio mundo a trabajar en cigarros, y habiendo mucho quien trabaje, el trabajo anda por los suelos de barato. ¿Qué me está pasando a mí? Empezó la tía a hacer encajes, y le salieron dos o tres de Portomar a poner la competencia... porque ahora son mucha moda estas puntillas, hasta para pañuelos; lo que estoy rematando es un pañuelo.

Descubrió ufana su almohadilla alzando un pañizuelo que velaba parte de labor terminada ya, y viose una afiligranada crestería, un alicatado de hilo, donde el menudo dibujo se desplegaba en estrellitas microscópicas, en finos rombos, en exquisitos rectángulos, todo ello unido con arte y gracia formando primorosa orla. Amparo aprobó.

—Está muy bonito—dijo.

—Pues con todo y que se lleva tanto, como ya somos muchas a menear los palitroques, hay que arreglar los precios.... Yo—murmuró suspirando levemente—no puedo hacer más; a veces trabajo con luz, pero no me lo resisten los ojos, y así me arrimo cuando más puedo al tablero hasta que no se ve el día.... La tía también se quedó medio ciega; ya ni puntillas gordas hace: sólo sirve para ir por las casas a vender lo que yo trabajo....

Batida en el terreno crematístico, Amparo tocó otra cuerda para seguir hablando de lo que la gustaba; que no se le cocía el pan en el cuerpo hasta desembuchar cuanto había visto y esperaba ver.

—¡El día que lleguen por tierra los delegados de Cantabrialta... se prepara una buena! ¿No sabes?

—¿Mucha fiesta?

—Los han de esperar con coches.... Y...—Amparo se detuvo, bajando la voz para acrecentar el efecto de la estupenda noticia—les iremos a alumbrar con hachas.

—¡Ave María de gracia! ¿Qué me dices, mujer? ¿Alumbrarles como a los santos?

—Andando.