—Pero... vamos, una pregunta, por preguntar, mujer. ¿No decían cuando vino el barullo de la revolución el año pasado, que nos iban a dar todo eso? Conforme aquellos no lo dieron también podrá cuadrar que no lo den estotros.
—No puede ser, y no, y no, porque estos son otros hombres de otra manera, que miran por el bien del pueblo.... No digas tontadas.
La encajerita se rió con su risa tenue.
—No, si lo que vienen a dar es trabajo, por acá no falta.... Y digo yo y preguntando otra vez, si es verdá que quitan la estancación del tabaco, vamos a ver, ¿cómo os valéis las cigarreras? Pidiendo limosna.
—¡Esa es una burrada de las gordas!—exclamó Amparo, fuerte ya en la controversia del punto concreto—. Oye y atiende, mujer, te lo voy a poner claro como el sol. Ahora el Gobierno nos tiene allí sujetas, ¿no es eso? Ganamos lo que a él se le antoja; si vienen, un suponer, buenas consignas, porque vienen, y si no, fastidiarse. Él chupa y engorda y se hace de oro, y nosotras, infelices, lo sudamos. Que se desestanca, que se desestancó: ¡ala con ella!, las reinas somos nosotras, las que tenemos nuestra habilidad en los dedos; con nosotras han de venir a batir el consumidor y el estanquero, y si a mano viene, el ministro del ramo.... ¿Aún no entendiste, tercona?
Meneaba suavemente la cabeza la encajerita, mientras los hilos de la labor se deslizaban, se cruzaban, se entretejían a través de sus dedos, y los palillos de boj, chocando unos contra otros, hacían una musiquilla flauteada.
—Es que... tú pintas las cosas.... Pero dime.
—¡Qué porfiosa del dianche!
—Dime con verdad.... ¿Falta ahora gente que pretenda entrar en la Fábrica?
—¡Faltar! ¡Más empeños andan danzando!