—¡Ángeles de mi alma! ¿Y para qué?, ¿para degollarlos?

—No, mujer, que son los protestantes para llevarlos a educar allá a su modo en tierra de ingleses.

—¡Señor de la justicia! ¡Mucha maldad hay por el mundo adelante!

Conocido este estado de la opinión pública, puede comprenderse el efecto que produjo en la Fábrica un rumor que comenzó a esparcirse quedito, muy quedo, y como en el aria famosa de la Calumnia, fue convirtiéndose de cefirillo en huracán. Para comprender lo grave de la noticia, basta oír la conversación de Guardiana con una vecina de mesa.

—¿Tú no sabes, Guardia? La Píntiga se metió protestanta.

—¿Y eso qué es?

—Una religión de allá de los inglis manglis.

—No sé por qué se consienten por acá esas religiones. Maldito sea quien trae por acá semejantes demoniuras. ¡Y la bribona de la Píntiga, mire usted! ¡Nunca me gustó su cara de intiricia!...

—Le dieron cuartos, mujer, le dieron cuartos: sí que tú piensas....

—A mí... ¡más y que me diesen mil pesos duros en oro! Y soy una pobre, repobre, que sólo para tener bien vestiditos a mis pequeños me venían... ¡juy!