—¡Condenar el alma por mil pesos! Yo tampoco, chicas—intervenía la maestra.
—Saque allá, maestra, saque allá... Comerá uno brona toda la vida, gracias a Dios que la da, pero no andará en trapisondas.
—Y diga... ¿qué le hacen hacer los protestantes a la Píntiga? ¿Mil indecencias?
—Le mandan que vaya todas las tardes a una cuadra, que dice que pusieron allí la capilla de ellos... y le hacen que cante unas cosas en una lengua, que... no las entiende.
—Serán palabrotas y pecados. ¿Y ellos, quiénes son?
—Unos clérigos que se casan....
—¡En el nombre del Padre! ¿Pero se casan... como nosotros?
—Como yo me casé... vamos al caso, delante de la gente... y llevan los chiquillos de la mano, con la desvergüenza del mundo.
—¡Anda, salero! ¿Y el arcebispo no los mete en la cárcel?
—¡Si ellos son contra el arcebispo, y contra los canónigos, y contra el Papa de Roma de acá! ¡Y contra Dios, y los Santos, y la Virgen de la Guardia!