—Sí, mujer.

—Y este, ¿no dice que fue cura?

—Dice que sí, allá en su país, y que ahora es cura de ellos, y está casado....

—¡Casado!!!

—Bueno, está... con una viuda. Ya tienen...—y la muchacha remedó burlescamente el llanto de un recién nacido.

—¿Y el otro bazuncho?

—Es el que...—y frotó el índice con el pulgar, ademán expresivo que significa en todas partes soltar dinero.

Mientras duraban estas explicaciones en voz baja, Amparo había leído el título de algunos folletos: «La verdadera Iglesia de Jesús.... La redención del alma.... Cristo y Babilonia.... La fe del cristiano purificada de errores.... Roma a la luz de la razón...». Entre los retazos del diálogo que llegaban a sus oídos y los fragmentos de hoja impresa en que fijaba la vista, penetró el misterio. Levantose grave, determinada, como el día que peroró en el banquete del Círculo Rojo.

—Oiga usté—pronunció con tono despreciativo—, esto que nos ha dado usté no nos hace falta, ni para nada lo queremos. Vaya usté a engañar con ello a donde haya bobos.

—Zeñora, no ha zío mi ánimo....