—¡Chssss! Callar, que están cerca, alborotadoras de Judas.
—¡Callaban! Que callen ellos si les da la gana.
Y Amparo y Ana cantaron a dúo:
Me gusta el gallo,
Me gusta el gallo,
Me gusta el gallo
Con azafrán...
No obstante estos primeros indicios de hostilidad, los dos graves personajes se aproximaban al corro, con mucha prosopopeya. El de la hopalanda, no bien se acercó lo suficiente, pronunció un «a los pies de ustedes, zeñoras», que hubiera provocado una explosión de carcajadas, si al pronto no pudiese más la curiosidad que la risa. ¡Tenía el bueno del hombre una voz tan rara, ceceosa a la andaluza, y una pronunciación tan recalcada!
—Tengo el honor—prosiguió, metiendo las manos en los bolsillos de su inmenso tabardo—de ofrecer a ustedes un librito de lectura muy provechoza para el espíritu, y espero me dispenzarán el obsequio de repazarlo con atención. Yo le ruego reflezionen sobre el contenío de estos imprezo, zeñoras mías.
Diciendo y haciendo, les presentaba tres o cuatro volúmenes empastados, y un haz de hojas volantes. Nadie estiró la mano para recoger los imprezo, y él fue depositando suavemente en los regazos de las muchachas el alijo. El inglés tripudo observaba el reparto con su fulgurante monóculo.
—¡Así Dios me salve (Ana fue la primera en hablar), yo conozco a estos pajarracos! Oyes tú, Bárbara, ¿este no es el que puso la capilla en la cuadra?
—El mismo... es el que berrea allí por las tardes.
—¿El que le dio los cuartos a la Píntiga?