—Y... mira, ¿te digo otro cuento?
—Tú dirás....
—Me contaron... no tomes pesadumbre, que son dichos... que andaba tras de ti un señorito... de la oficialidá.
—¿Y si anda?
—Y si anda, haces muy mal en hacer caso de un oficial, mujer.... A las chicas pobres no las buscan ellos para cosa buena, no y no.... Ya las que son pobres y formales no se arriman porque ven que no sacan raja....
—¡Eh!, a modo... no la armemos, Carmela. A mí nadie se arrima por la raja que saque, sino por el aquel de que le gustaré, y vamos andando, que cada uno tiene sus gustos.... Hoy en día, más que digan los reacionarios, la istrución iguala las clases, y no es como algún tiempo.... No hay oficial ni señorito que valga....
—Mujer, yo no hablé por mal.... Te quise avisar porque siempre te tuve ley, que eres así... una infeliz, un pedazo de pan en tus interioridades.... Déjate de políticas, no seas tonta, y de señoritos.... Fuera de eso, ¿a mí qué se me importa? Es por tu bien....
Se dispuso Amparo a marcharse, cogiendo debajo del brazo su tarro; pero la afectuosa encajera la quiso abrazar antes.
—No quiero que quedemos reñidas.... ¿Vas enfadada? Bien sabe Dios mi intención.... Escríbeme a Portomar.... Ya te contaré todo, todo.
Y se asomó a la puerta para ver alejarse a la garbosa muchacha, cuyo vestido de percal proyectó, por espacio de algunos segundos, una mancha clara sobre las oscuras paredes de las casas de enfrente.