—Nada—respondió ella bruscamente. Y después, fijando en los de Borrén sus ojuelos verdes—: Don Enrique—añadió—, ¿sabe usted lo que venía pensando?
—Diga usted....
—Que es usted una alhaja.
—¿Por qué me dice usted eso, bella Anita?—pronunció ya afablemente Borrén, que al verse entre gentes y en calles transitadas había recobrado su aplomo.
—Porque... que uno se marche cuando enferma.... ¡Pero usted! ¡Pero qué hombres!—articuló con ira—. ¡Si aunque se acabase la casta... no se perdía tanto así! Vaya, abur... que estoy medio trastornada y me da poco gusto ver gente.
—Iré con usted por si....
—¿Usted?—murmuró ella entre irónica y desdeñosa—. ¿Para qué? Abur, abur; ¡que si lo ven con una muchacha de mi clase! Abur.
Y la Comadreja se escurrió por una callejuela, dejando a Borrén sin saber lo que le pasaba.
Cuando Baltasar y la oradora se quedaron solos, la tarde caía, no apacible y glacial como aquella de febrero, sino cálida, perezosa en despedirse del sol; nubes grises, pesados cirros se amontonaban en el cielo; el mar, picado y verdoso, mugía a lo lejos, y una franja de topacio orlaba el horizonte por la parte del Poniente. Amparo tuvo un instante de temor.
—Me voy a mi casa—dijo levantándose.