—¡Amparo... ahora no!—pronunció con suplicantes inflexiones en la voz Baltasar—. No te marches, que estamos en el paraíso.
La Tribuna, paralizada, miró en derredor. Mezquino era el paraíso en verdad. Un cuadro de coles, otro de cebollas, el fresal polvoroso, hollado por los pies de todo el mundo; los olmos bajos y achaparrados, los acirates llenos de blanquecinas ortigas, el pozo triste con su rechinante polea; mas estaban allí la juventud y el amor para hermosear tan pobre edén. Sonrió la muchacha posando blandamente en Baltasar sus abultados ojos negros.
—¿Por qué quieres escaparte, vamos?—interrogó él con dulce autoridad—. Si te escapas siempre de mí; si parece que te doy miedo, no tiene nada de particular que yo me vaya también al paseo, o a donde se me ocurra. Ya lo sabes.—Y acercándose más a ella, abrasándole el rostro con su anhelosa respiración—: ¿Me voy al paseo?—preguntó.
Amparo hizo un movimiento de cabeza que bien podía traducirse así:—No se vaya usted de ningún modo.
—Me tratas tan mal....
—¿Usted qué quiere que haga?
—Que te portes mejor....
—Pues hablemos claros—exclamó ella sacudiendo su marasmo y apoyándose en el brocal del pozo.
La roja luz del ocaso la envolvió entonces; su rostro se encendió como un ascua, y por segunda vez le pareció a Baltasar hecha de fuego.
—Di, hermosa....