—¿Me promete usted casarse conmigo?—murmuró la inocentona de la oradora política.
—¡Sí, vida mía!—exclamó él sin fijarse casi en lo que le preguntaban, pues estaba resuelto a decir amén a todo.
Pero Amparo retrocedió.
—¡No, no!—balbució trémula y espantada—. No basta hablar así... ¿me lo jura usted?
Baltasar era joven aún y no tenía temple de seductor de oficio. Vaciló; pero fue obra de un instante: carraspeó para afianzar la voz y exhaló un:
—Lo juro.
Hubo un momento de silencio en que sólo se escuchó el delgado silbo del aire cruzando las copas de los olmos del camino y el lejano quejido del mar.
—¿Por el alma de su madre?, ¿por su condenación eterna? Baltasar, con ahogada voz, articuló el perjurio.
—¿Delante de la cara de Dios?—prosiguió Amparo ansiosa.
De nuevo vaciló Baltasar un minuto. No era creyente macizo y fervoroso como Amparo, pero tampoco ateo persuadido; y sacudió sus labios ligero temblor al proferir la horrible blasfemia. Una cabeza pesada, cubierta de pelo copioso y rizo, descansaba ya sobre su pecho, y el balsámico olor de tabaco que impregnaba a la Tribuna le envolvía. Disipáronse sus escrúpulos y reiteró los juramentos y las promesas más solemnes.