—¡Me caso!...—votó el secretario—. Los miles de duros, como usted me enseña, no se prestan sin hipoteca, sin garantías de una clás o de otra, y el Primitivo no ha nacido en el año de los tontos. Así queda seguro el capital y el amo sujeto.
—Comprendo, comprendo—articuló con viveza el Gobernador. Queriendo dar una muestra de su penetración, añadió:—Y le conviene sacar diputado al señorito, para disponer de más influencia en el país y poder hacer todo cuanto le acomode....
Trampeta miró al funcionario con la mezcla de asombro y de gozosa ironía que las personas de educación inferior muestran cuando oyen a las más elevadas decir una simpleza gorda.
—Como usted me enseña, señor gobernador—pronunció—, no hay nada de eso.... Don Pedro, diputado de oposición o independiente o conforme les dé la gana de llamarle, servirá de tanto a los suyos como la carabina de Ambrosio.... Primitivo, arrimándose a un servidor de usted o al judío, con perdón, de Barbacana, conseguiría lo que quisiese ¿eh?, sin necesidad de sacar diputado al amo.... Y Primitivo, hasta que le dio la ventolera, siempre fue de los míos.... Zorro como él no lo hay en toda la provincia... Ése ha de acabar por envolvernos a Barbacana y a mí.
—Y entonces Barbacana ¿por qué se ha declarado a favor del señorito?
—Porque Barbacana va con los curas a donde lo lleven. Ya sabe lo que hace.... Usted, un suponer, está ahí hoy y se larga mañana; pero los curas están siempre, y lo mismo el señorío... los Limiosos, los Méndez....
Y dando suelta al torrente de su rencor, el cacique añadió apretando los puños:
—¡Me caso con Dios! Mientras no hundamos a Barbacana, no se hará nada en Cebre.
—¡Corriente! Pues facilítenos usted la manera de hundirlo. Ganas no faltan.
Trampeta se quedó un rato pensativo, y con la cuadrada uña del pulgar, quemada del cigarro, se rascó la perilla.