—¿De la criada? Pero.... ¿está casada esa chica?

Creció la turbación de Julián. De esta vez tenía en la garganta una pera de ahogo.

—No, señora; casada, no.... Ya sabe usted que... desgraciadamente... las aldeanas..., por aquí... no es común que guarden el mayor recato.... Debilidades humanas.

Sentóse Nucha en un poyo del corral que con el gallinero lindaba, sin soltar al chiquillo, empeñándose en verle la cara mejor. Él porfiaba en taparla con manos y brazos, pegando respingos de conejo montés cautivo y sujeto. Sólo se descubría su cabellera, el monte de rizos castaños como la propia castaña madura, envedijados, revueltos con briznas de paja y motas de barro seco, y el cuello y nuca, dorados por el sol.

—Julián, ¿tiene usted ahí una pieza de dos cuartos?

—Sí, señora.

—Toma, rapaciño.... A ver si me pierdes el miedo.

Fue eficaz el conjuro. Alargó el chiquillo la mano, y metió rápidamente en el seno la moneda. Nucha vio entonces el rostro redondeado, hoyoso, graciosísimo y correcto a la vez, como el de los amores de bronce que sostienen mecheros y lámparas. Una risa entre picaresca y celestial alegraba tan linda obra de la naturaleza. Nucha le plantó un beso en cada carrillo.

—¡Qué monada! ¡Dios lo bendiga! ¿Cómo te llamas, pequeño?

—Perucho—contestó el pilluelo con sumo desenfado.