—¡El nombre de mi marido!—exclamó la señorita con viveza—. ¿Apostemos a que es su ahijado? ¿Eh?

—Es su ahijado, su ahijado—se apresuró a declarar Julián, que desearía ponerle al chico un tapón en aquella boca risueña, de carnosos labios cupidinescos. No pudiendo hacerlo intentó sacar la conversación de terreno tan peligroso.

—¿Para qué querías tú los huevos? Dilo y te doy otros dos cuartos, anda.

—Los vendo—declaró Perucho concisamente.

—Con que los vendes, ¿eh? Tenemos aquí un negociante.... ¿Y a quién los vendes?

—A las mujeres de por ahí, que van a la vila....

—Sepamos, ¿a cómo te pagan?

—Dos cuartos por la ducia.

—Pues mira—díjole Nucha cariñosamente—, de aquí en adelante me los vas a vender a mí, que te pagaré otro tanto. Por lo bonito que eres no quiero reñirte ni enfadarme contigo. ¡Quiá! Vamos a ser muy amigotes tú y yo. Lo primerito que te he de regalar son unos pantalones.... No andas muy decente que digamos.

En efecto, por los desgarrones y aberturas del sucio calzón de estopa del chico hacían irrupción sus fresquísimas y lozanas carnes, cuya morbidez no alcanzaba a encubrir el fango y suciedad que les servía de vestidura, a falta de otra más decorosa.