Alzó al fin la cabeza y diose una palmada en la frente.

—Me ocurre una idea sin ejemplar—dijo, repitiendo la célebre frase del ministro portugués.—Chico, ¿por qué no te casas?

—¡No está mala la ocurrencia! ¡Sí, que son baratas las mujercitas en estos tiempos... y lo que viene después! Al que no quiere caldo, taza y media: a quedarme sin destino voy quizás, ¡y de casamiento me hablas!

—Tonto, no te propongo mujer que te haga peso, sino que te traiga pesos.

Y el prohombre celebró su propio retruécano disparando larga risa. Miranda quedose pensativo mascando la miga de la proposición, cuyas ventajas le saltaron a los ojos prontamente. Ningún medio más acertado para prevenir las embestidas de la mala fortuna y asegurar el dudoso porvenir, mientras no emigrasen del todo los ya ralos cabellos, y no desapareciese el barniz de gallardía que aún abrillantaba su persona. Por otra parte, León era ciudad que involuntariamente sugería ideas matrimoniales. ¿Qué hacer sino casarse allí donde todo era calma y tedio, donde la soltería inspiraba desconfianza, donde la más insignificante aventurilla provocaba los furiosos ladridos del escándalo? Así es que dijo en voz alta:

—Es cierto, chico; en León le entran a uno ganas de casarse y de vivir santamente.

—Es que para ti—insistió Colmenar—es ya de necesidad el consorcio. Aparte de que eres mayor de edad... (aquí sonrió maliciosamente) y si no quieres llamarte solterón debes pensar en bodas, lo reclama tu salud... y tus pesetas. Si no puedes sostenerte, ¿cómo te las compones? Supongo que no tendrás economías.

—¡Economías yo! Au jour le jour—dijo Miranda, pronunciando con cierta soltura la frasecilla transpirenaica.

—Pues entonces, il faut faire une fin—replicó Colmenar, muy satisfecho de poder lucirse a su vez.

—El caso es dar con la mujer, con el ave fénix—murmuró Miranda meditabundo—. No, lo que es niñas casaderas no faltan; pero yo ahora perdí el rumbo aquí.... Dime tú....