—¿No conoces en León a la persona aquí apuntada?—siguió Colmenar señalando con la uña el renglón de la lista—. ¿Un viejo muy guapo y fornido, muy tieso aún, Joaquín González, el Leonés?
—¡El Leonés! Si no hay cosa que más conozca. Varias veces vino a asuntos al Gobierno civil de León. Claro que le conozco. Y ahora recuerdo; es verdad que tiene una chica, pero en esa sí que no me fijé jamás. Se la ve muy poco.
—Hacen vida modesta. Duplicará el capital en diez años—, ¡para agenciar es mucho hombre el Leonés! Un infeliz, un simplón en lo restante; en política no ve más allá de sus narices el pobre; pero ha sabido crearse una fortuna. No tiene sino esa niña y adora en ella.
—¿Y crees tú que no tendrá ya la chiquilla sus amoríos?
—¡Bah... es tan joven! En presentándote tú... con tu buen trato, y tu práctica en tales lides....
—Será una paleta, fea por añadidura.
—Fue su padre arrogante mozo, y su madre una morena agraciada; ¿por qué ha de ser fea la chica? Ni hay quince años feos. Estará por desbastar, eso sí; pero entre tú y una modista... cuestión de un mes. Mucho más aptas son las mujeres para civilizarse y pulirse que los hombres.. Enséñales el instinto de agradar lo que cien maestros no pudieran.
—¿Y qué dirán de mí todas mis relaciones—sobre todo en León—, viéndome casado con la hija del Leonés?
—¡Bah, bah! eso es cuestión de trasladarse.... En casándoos solicitas bajo cuerda que te lleven a otro sitio... el viejo se queda por allá cuidando de las rentas, y tú y la niña os estáis donde nadie sepa si la engendró un archiduque o el verdugo.... Por de pronto, en la luna de miel sales con tu mujer a dar una vuelta por Europa, y así te libras de las hablillas de la primera temporada. Y date prisa, antes que esa panza se ponga esférica, y ese cabello.... ¡Ay! ¡Y cómo pasa el tiempo! Envejecemos que es un dolor.
Miranda contemplaba la punta de su elegante bota de caña clara, y rascábase la frente cavilando.