—No importa—murmuró él resignado y humilde—. Por lo mismo.... Yo le serviré de padre, Lucía; yo respetaré tus sacros derechos como no los respetará tu marido, no. Seremos tres dichosos en vez de dos... nada más.
Cogiola de la falda y la obligó blandamente a sentarse.
—Hablemos así, tranquilos.... Pero, ¿por qué no quieres? Yo no te entiendo—dijo con renovada vehemencia—. ¿No era amor, no era amor lo que mostrabas en el camino y en Bayona? ¿No es amor venir aquí hoy... sola... por verme? ¡Oh! no puedes defenderte.... Urdirás mil sofismas, idearás mil sutilezas, pero.... ¡ello se ve! Mientes si lo niegas, ¿sabes? No creí que en tu inocencia cupiese el mentir.
Alzó la frente Lucía.
—No, Don Ignacio; diré la verdad... creo que ya es mejor que la diga, porque tiene usted razón, he venido aquí.... Sí, señor; oígalo usted. Yo le quiero como una loca, desde Bayona... no desde que le vi.... Ya lo oye usted. Yo no tengo la culpa; ha sido contra mi voluntad, bien lo sabe Dios.... Al principio creí que no era posible, que sólo me daba usted... lástima... y así... mucho agradecimiento por sus bondades conmigo... Creía yo que una mujer casada sólo puede querer a su marido.... Si alguien me dijese que era esto... le insultaría, de fijo.... Pero a fuerza de cavilar... no, yo no lo acerté, ni por pienso.... Fue otro, fue quien conoce y entiende más que yo de los misterios del corazón.... Mire usted, si yo supiese que era usted feliz, me hubiera curado... y también si alguien me mostrase compasión a su vez.... ¡Caridad! ¡Compasión!... Yo la tengo de todo el mundo... y de mí... nadie, nadie la tiene.... Así es que.... ¿Se acuerda usted de lo alegre que era yo? Usted aseguraba que mi presencia le traía regocijo.... Pues... ya me he acostumbrado a pensar cosas tan negras como usted.... Y a desear la muerte. Si no fuese por lo que espero... me daría el mejor rato del mundo el que me pusiese donde está Pilar. Yo era fuerte y sana.... Ya no tengo ni una hora buena. Esto ha sido como si un rayo me abrasase toda.... Es un azote de Dios. Lo más amargo de todo es pensar en usted... que ha de ser desdichado en este mundo, réprobo en el otro....
Artegui escuchaba entre jubiloso y compadecido.
—Entonces, Lucía...—dijo con expresión.
—Entonces, usted que es bueno y rebonísimo, porque si no lo fuese yo no le querría de tal modo, me va a dejar marchar... y en caso contrario, me marcharé yo, aunque salte por la ventana.
—¡Desdichada!—murmuró él torvamente, volviendo a su abatimiento antiguo—. ¡Das con el pie a la felicidad! es decir, a la felicidad no, pero al menos a su sombra, y sombra tan hermosa al fin....
Incorporose de pronto; sacudiéndose y retorciéndose como un león en la agonía.