—Dame una razón—gritó—. Si no, me mataré a tu vista. Sepa yo al menos por qué. ¿Es por tu padre? ¿es por tu marido? ¿es por tu hijo? ¿es por el mundo? ¿es?...
—Es—murmuró ella bajándose y con gran dulzura—. Es... por Dios.
—¡Dios!—gimió el pesimista—. Y si no lo hub....
Una mano le tapó la boca.
—¡Duda usted aún después de que hoy, por un milagro... usted lo dijo, por un milagro... ha preservado su vida!
—Pero tu Dios está enojado contigo—objetó él—. Le ofendiste al amarme; le ofendes al seguir amándome; viniendo aquí, le agraviastes más....
—Con un pie en el borde del abismo para caer, con el cuerpo medio hundido ya en las llamas del infierno... mi Dios me salva y me perdona, si a él se convierte mi voluntad.... Ahora, ahora voy a pedirle que me salve.
—Y no te salvará—repuso Artegui tomándole las manos—; no te salvará, porque adondequiera que vayas, aunque huyas de mí hasta ocultarte en el mismo centro de la tierra, aunque te escondas en la celda de un convento, me querrás, me adorarás, le ofenderás recordándome. No, tu sinceridad no te permite negarlo. ¡Ah! ¡Si se pudiese querer o no, a voluntad! pero harto te dice la conciencia que, hagas lo que hagas, yo estaré contigo siempre... siempre. Mira: por lo mismo que te horroriza... por lo mismo sucederá. Y te digo más: vendrá un día en que, como hoy, desearás verme, aunque sólo sea el espacio de un segundo... y atropellando por cuantos obstáculos se ofrezcan, y despreciando cuantas trabas te lo impidan, vendrás a mí... a mí.
Diciendo esto la sacudía por las muñecas, como el huracán sacude al tierno arbusto.
—Dios—murmuraba ella débilmente—. Dios sabe más que usted, y que yo, y que todos.... Le pediré que me ampare, y lo hará; le conviene hacerlo; lo hará, lo hará.