Faltaba el fondo de la cuestión, el parecer de Lucía. Quebrábase el padre la cabeza en busca de un medio diplomático de averiguarlo, cuando la misma niña se lo proporcionó.
—Papá—interrogó un día con la mejor fe del mundo—, ¿estará enfermo el señor de Miranda? Hace días que no viene por aquí.
Asió de los cabellos la ocasión el Sr. Joaquín y expuso los planes de Miranda. Lucía escuchaba atenta, con la sorpresa pintada en sus brillantes ojos.
—Mire usted—pronunció al cabo—. Pues acertaban Rosarito y Carmela al asegurar que el señor de Miranda venía a esta casa por mí. ¡Pero, quién lo dijera!
—Vamos, hija; ¿qué le contesto a ese señor?—preguntó afanoso el Leonés.
—¿Papá... qué sé yo? Nunca pensé que quisiera casarse conmigo.
—Pero a ti.... ¿te gusta el señor de Miranda?
—Sí que me gusta. Todavía es muy buen mozo, declaró Lucía con naturalidad.
—¿Y su genio... y su trato...?
—Muy obsequioso, muy amable.