—¿Te repugna la idea de que viviese siempre aquí... con nosotros?

—No tal. Al contrario. Si me divierte mucho cuando viene.

—Pues.... ¡por vida de la Constitución! ¡Tú también estás enamorada del señor de Miranda!

—Mire usted.... ¡eso sí que me parece que no! Yo no he pensado despacio en esas cosas, ni sé cómo será el enamorarse; pero se me figura que debe ser así... más de bullanga, y que entrará... vamos, más de prisa y más recio.

—Pero esos amores de bullanga, ¿qué falta hacen para ser buenos casados?

—Yo supongo que ninguna. Para ser buenos casados, dice el Padre Urtazu que lo preciso es la gracia de Dios... y paciencia, mucha paciencia.

El padre le dio, con su ancha diestra, una palmadita en la mejilla.

—Hablas como un libro... por vida de la Const.... ¿conque, según eso, voy a darle un buen rato al señor de Miranda?

—¡Ay, padre! El asunto merece pensarse: ¡hágame usted el favor de pensarlo por mí! ¿Qué entiendo yo de bodas, ni de?...

—Pues mira, ya eres grandullona.... Eres demasiado simplota tú.