—El billete...—repitió ella. Y de nuevo tendió la vista en torno, sin lograr sacudir totalmente el estupor del sueño.

—Sí, señora, el billete—reiteró más desapaciblemente aún el empleado.

—¡Miranda.... Miranda!—exclamó Lucía por fin, enlazando sus dispersos recuerdos de la víspera. Y registró con los ojos todo el departamento, estupefacta al no ver a Miranda allí.

—El señor de Miranda tendrá mi billete—dijo dirigiéndose al empleado, como si éste hubiese de conocer forzosamente a Miranda.

El empleado, desorientado, se volvió hacia el viajero, tendida la diestra.

—No me llamo Miranda—murmuró éste.

Y como viese al empleado furioso, dispuesto a interpelar a Lucía con grosero ademán, añadió:

—¿Venía alguien con usted, señora?

—Sí, señor...—contestó Lucía, atribulada ya—. Pues claro está que venía... venía don Aurelio Miranda, mi marido...—y al decirlo, sonriose involuntariamente, de lo nueva y peregrina que se le figuraba tal expresión en su boca.

—Muy niña parece para casada—pensó el viajero; pero recordando el anillo que había visto lucir en el meñique, añadió en alta voz: