—¿De dónde venían ustedes?

—De León. Pero qué, ¿no está? ¡Virgen Santa! Caballero... dígame usted... permitame....

Y olvidando que el tren andaba, iba a abrir la portezuela rápidamente, cuando el empleado la detuvo asiéndola del brazo con vigor.

—Eh, señora—dijo en voz ruda—, ¡pues no ve usted que se mata! No se puede salir ahora. ¿Está usted loca? Y acabemos, que yo necesito el billete.

—No lo tengo; ¡cómo he de hacer, si no lo tengo!—pronunció Lucía acongojada, preñándosele de lágrimas los ojos.

—Tendrá usted que tomarlo en la primera estación, y pagar multa.

Y el empleado gruñó más fuerte.

—No moleste usted más a la señora—dijo el viajero terciando muy a tiempo, que ya empezaban a rodar por las mejillas de Lucía lagrimones como avellanas—. ¡So desatento!—prosiguió con cólera—, ¿no ve usted que ha ocurrido a esta señora un suceso que no podía prever? Ea, márchese usted, o por mi nombre....

—Ya ve usted, caballero, que tenemos nuestra obligación... nuestra responsabilidad....

—Váyase usted noramala. Tome usted para el billete de la señora.