—Y dígame usted, por Dios—añadió Lucía con inflexiones infantiles en su voz pura—, ¿qué será de Miranda? ¿Qué le parece a usted de mi situación? ¿Qué hago yo ahora?

Giró el viajero en su asiento, y quedó frente a Lucía, con aspecto de hombre a quien obligan a ocuparse en lo que no le importa y que se resigna a ello. El timbre fresco de la voz de Lucía le volvió a sugerir la misma reflexión de antes.

—Imposible parece que esté casada. Cualquiera pensará que sale de un colegio.—Y, de recio, preguntó:

—Vamos a ver, señora; ¿dónde dejó usted a su marido? ¿Lo recuerda usted?

—¿Qué sé yo? Si me dormí....

—¿Y dónde se durmió usted? ¿No lo sabe usted tampoco?

—En la estación donde cenamos.... En Venta de Baños. Miranda se bajó a facturar el equipaje, y me dijo que descansase un rato, que procurase dormir....

—¡Y lo ha procurado usted bien!—murmuró con una media sonrisa el viajero—. Duerme usted desde allá... cinco horas seguidas, de un tirón....

—Pero... es que ayer madrugué tanto.... Estaba rendida.

Y Lucía se frotó los ojos, cual si otra vez sintiese en ellos la comezón del sueño. Después buscó en su moño dos o tres horquillas, recogiéndose con ellas la rebelde trenza.