—¿Me ha dicho usted—interrogó el viajero—que venían ustedes de León?
—Sí, señor.... La boda fue a las once de la mañana; pero yo tuve que madrugar para disponer el refresco...—refirió Lucía con su sencillez de niña no hecha al trato social—. Las tres y media eran cuando salimos de León....
El viajero la miraba, empezando a comprender el enigma. La niña le daba la clave de la mujer.
—Debí figurármelo—dijo para su sayo—. ¿Llegaron ustedes juntos hasta Venta de Baños?—preguntó a Lucía después.
—Sí, sí... allí cenamos. Miranda se quedó sin duda facturando....
—No puede ser.... La operación de facturar termina siempre a tiempo suficiente para que los viajeros tomen el tren.... Algún incidente imprevisto, algún contratiempo debió de ocurrirle.
—¿No le parece a usted... diga usted con franqueza... lo habrá hecho a propósito, eso de dejarme?
Tan pueril y sincera congoja revelaba el semblante de Lucía al pronunciar esto, que la seria boca del viajero hubo de sonreírse nuevamente.
—¡Mire usted!—añadió ella meneando grave y reflexiva la cabeza—; ¡y yo que pensaba que una mujer en casándose tenía quien la acompañase y defendiese! ¡Quien la diese protección y sombra! Pues si esto sucede a las veinticuatro horas no completas.... No completas. ¡Bien estamos!
—De seguro... de seguro que su marido de usted está más disgustado por lo ocurrido que usted misma. Crea usted que algo sucede que no sabemos, y que explicará la conducta de ese señor.... Miranda. ¿O tendría usted algún antecedente, algún motivo para sospechar que... que la quiso abandonar?