Lucía esperaba que la hablasen, y su mirada lo pedía. Pero como el viajero no pareciese dispuesto a realizar sus esperanzas, se resolvió ella, pasado algún tiempo, a volver a la carga, exclamando:
—Bien, ¿y qué hago yo? Usted no me dice cómo voy a salir del paso.
—¿Adónde iba usted, señora, con su marido?
—Ibamos a Francia... a las aguas de Vichy, que le habían recetado los médicos.
—¿A Vichy directamente? ¿No pensaban ustedes detenerse en alguna parte?
—Sí tal, en Bayona. Allí descansaríamos.
—¿Está usted bien segura?
—Segurísima. Me lo explicó cien veces el señor de Miranda.
—Pues en ese caso, diré a usted lo que opino. Indudablemente, su marido de usted, detenido por una circunstancia cualquiera, que no hace al caso, se quedó en Venta de Baños anoche. Por medida de precaución, le haremos, si usted quiere, un telegrama desde Hendaya; pero lo que yo supongo es que tomará el primer tren que vea salir para Francia, corriendo en busca de usted. Si retrocedemos, se expone usted a cruzarse con él en el camino, y a perder tiempo, y a molestarse más. Si se queda usted en la primera estación que encontremos, para esperarle allí....
—Eso, eso sería lo mejor.