—No, porque como él no lo sabe, y como han pasado horas y ya estará andando quizá para unirse a usted, y no podremos avisarle, y el tren se detiene brevísimos momentos en esas estaciones... no me parece acertado. Además, que tendrían ustedes acaso que quedarse los dos en una estación mezquina, esperando otro tren.... Ese recurso no es aceptable.
—Pues discurra usted...—dijo la niña con empeño y confianza, animada por el «si retrocedemos...» del viajero, que le prometía implícitamente asistencia y auxilio.
—Seguir a Bayona, señora: es lo único que cabe. Creo que su marido de usted se dirigirá desde luego allí. Nosotros llegamos en el tren de la tarde y él en el de la noche. Cuando no ha telegrafiado avisando a usted de que se vuelva (cosa que pudo hacer), es que sigue.
No puso Lucía objeciones. Ignorante de la ruta, sintió placer singular en entregarse a la ajena experiencia. Callada, se inclinó a la ventanilla y siguió la línea escabrosa de la sierra, que se recortaba en el cielo despejado. El tren andaba más despacio cada vez: estaban llegando a una estación.
—¿Qué es esto?—dijo volviéndose a su compañero.
—Miranda de Ebro—contestó él lacónicamente.
—¡Qué sed tengo!—murmuró Lucía—. Diera por un vaso de agua....
—Bajémonos: beberá usted en la fonda—respondió Artegui, a quien el imprevisto suceso comenzaba a sacar de su abstracción. Y saltando el primero, ofreció el brazo a Lucía, que se apoyó sin ceremonias, y a impulsos de la sed, echó a correr hacia la cantina, donde algunas botellas empezadas, naranjas a medio exprimir, tarros de horchata y jarabe, frasquitos de azahar, se disputaban un mostrador cubierto de zinc y unos estantes pintados de amarillo. Sirviéronle el agua, y sin dar tiempo a que se disolviese el bolado, la bebió a sorbetones, de prisa; sacudió los mojados dedos, limpiándose después con su pañolito.
Artegui pagó.
—Muchas gracias—dijo ella mirando a su taciturno acompañante—. A gloria me ha sabido. Cuando hay sed.... Muchas gracias, señor don.... ¿cómo se llama usted?