—Dos almuerzos—gritó al mozo, palmoteando para que le atendiesen.
El mozo se acercó, servilleta al hombro; tenía una cara tostada, amilitarada, que reñía con los escarpines de charol y el pelo atusado con bandolina, librea que el público impone a sus servidores en tales lugares. Hacíale aún más marcial ancha cicatriz, que naciendo en la guía izquierda del bigote, iba a perderse en el cuello. Miraba el mozo fijamente a Artegui, con ojos muy abiertos; hasta que dando un grito, o más bien una especie de alegre latido perruno, exclamó:
—¡Él o el diablo en su figura! ¡Señorito Ignacio! ¡¡Dichosos los ojos!!...
—¿Tú por aquí, Sardiola?—murmuró reposadamente Artegui. Almorzaremos bien, porque pondrás cuidado en servirnos.
—Pues sí, señorito, yo por aquí... Después—dijo recalcando la frase y bajando la voz—, como todo lo mío lo encontré arrasado... la casa hecha cenizas, y el campo perdido... me di a ganar la vida como pude.... Y usted, señorito.... ¿Sigue usted a Francia?
—A Francia voy; pero con tu charla nos vamos a quedar sin comer.
—No faltaría más....
Sardiola dirigió a uno de sus compañeros de servilleta algunas palabras en eúskaro, erizadas de zetas, kas y tes. Fueron al punto servidos Artegui y Lucía, mientras el mozo se apoyaba en el respaldo de la silla del primero.
—¡Con que a Francia! ¿Y la señora doña Armanda? ¿Se conserva bien?
—No muy bien...—contestó Ignacio, nublado más que de costumbre el ceño—. Padece mucho.... Cuando la dejé estaba, sin embargo, más aliviada.