—Con su vuelta de usted se pone buena del todo.
Y mirando a Lucía y dándose una razonable puñada en la frente, gritó de pronto Sardiola:
—Cuanto más, que.... ¡Bobo de mi!; pues claro que va a sanar la señora doña Armanda, cuando vea la alegría que se le entra por las puertas. ¡Ay qué gusto verle a usted casado, señorito! ¡Y con tan linda muchacha! ¡Para bien sea!
—Majadero—dijo Ignacio, bronco y desapacible—; esta señora no es mi mujer.
—Pues es lástima—contestó el vasco, mientras Lucía le miraba risueña—. Harían ustedes una pareja, que ya, ya.... Ni escogidos. Sólo que la señorita....
—Acabe usted—suplicó Lucía, divertida hasta lo sumo y ocupada en quitar a una mandarina su cubierta de papel de seda.
—¿Lo digo, señorito Ignacio?
Artegui se encogió de hombros. Sardiola, creyéndose autorizado, se explayó.
—La señorita tiene cara de estar de buen humor siempre... y usted.., ¡Usted siempre está así, como si le hubiesen dado cañazo! En eso no emparejarían ustedes bien.
Soltó Lucía la carcajada y miró a Artegui, que sonreía complaciente, lo cual aún la animó a reír más. El almuerzo prosiguió en el mismo tono cordial, alegrado por la charla de Sardiola, por el infantil regocijo de Lucía. Hasta la misma puerta del departamento les siguió el mozo cuando se volvieron a su coche; y a ser Lucía dueña de los brazos de Artegui, los hubiera echado al cuello de Sardiola, a tiempo que éste repetía, entornados los ojos y en el tono con que se reza, si se reza de veras: