—La Virgen de Begoña vaya con usted, señorito..., que encuentre usted bien a doña Armanda.... Mándeme usted como si fuese un perro, un perro suyo.... Mire usted, que estoy aquí....
—Bien, bien—dijo Artegui, vuelto ya a su displicente reserva.
Rompió el tren a andar, y quedose Sardiola de pie en el andén, agitando la servilleta en señal de despedida, sin mudar de actitud hasta que el humo de la chimenea se borró en el horizonte. Lucía miraba a Artegui, y hervíanle las preguntas en los labios.
—Mucho le quiere a usted ese pobre hombre—murmuró al fin.
—He tenido la desgracia de hacerle un favor—contestó Ignacio—, y desde entonces....
—¡Oiga! ¿A eso llama usted desgracia? Pues muy desgraciado está usted siendo desde esta mañana, porque me hizo usted cien favores ya.
Sonriose Artegui de nuevo y miró a la niña.
—No consiste la desgracia—dijo—en hacer el favor, sino en que se lo agradezcan a uno tanto.
—Pues yo también padezco del achaque de Sardiola.... ¡y a mucha honra!—declaró Lucía—; ¡ya verá usted!
—¡Bah!... ¡Sólo falta que también me salgan agradecidos sin causa!—respondió Artegui en el mismo tono festivo—. Pase aun cuando hay algún motivo, como con ese infeliz de Sardiola....