Mirábale Lucía cual si no comprendiese, y no alargaba la mano para tomar el portamonedas. Él se lo introdujo en el hueco del puño.

—Yo tengo que salir ahora a unos asuntos.... Después cogeré el primer tren que salga. Adiós, señora—añadió ceremoniosamente: y dio dos pasos hacia la puerta.

Entonces ya la niña, comprendiendo, y descolorida y turbada, le asió de la manga de la americana, exclamando:

¿Pero qué... cómo? ¿Qué quiere decir eso del tren?

—Lo natural, señora—pronunció con su ademán cansado el viajero—. Que sigo mi ruta; que voy a París.

—¡Y me deja usted así... sola! ¡Sola aquí, en Francia!—gimió Lucía con el mayor desconsuelo del mundo.

—Señora... esto no es ningún desierto, ni corre usted el riesgo menor, tiene usted dinero, es lo único que hace falta en tierra francesa; estará usted muy bien servida y atendida, yo se lo fío....

—Pero.... ¡Jesús, sola, sola!—repetía ella sin soltar la manga de Artegui.

—Dentro de breves horas estará aquí su marido de usted.

—¿Y si no viene?