—¿Por qué no ha de venir? ¿De dónde saca usted que no vendrá?

—Yo no digo eso—balbució Lucía—; sólo digo que si tardase....

—En fin—murmuró Artegui—, yo tengo también mis ocupaciones.... Es fuerza que me vaya.

No contestó Lucía cosa alguna; antes le soltó, y desplomándose otra vez en el sillón, ocultó el rostro entre ambas manos. Artegui se llegó a ella, y vio que su seno se alzaba a intervalos desiguales, como si sollozara. Entre sus dedos saltaban gotitas de agua, cual saltan de la esponja al comprimirla.

—Alce usted esa cara—mandó Artegui.

Lucía enderezó el rostro sofocado y húmedo, y a pesar suyo, sonriose al hacerlo.

—Es usted una niña—pronunció él en grave tono—, una niña que no tiene obligación de saber lo que acontece en el mundo. Yo, que lo he visto... más de lo que quisiera, sería imperdonable en no desengañarla. El mundo es un conjunto de ojos, oídos y bocas, que se cierran para lo bueno y se abren para lo malo gustosísimas. Mi compañía le hace a usted ahora más daño que provecho. Si su marido de usted no tiene un criterio excepcional—y no hay razón para que lo tenga—, maldita la gracia que le hará encontrarla a usted tan acompañada.

—¡Ay, Dios mío! ¿Y por qué? ¿Qué sería de mí si no le hubiese hallado a usted tan a tiempo? Puede que el bárbaro del empleado me metiese en la cárcel. Yo no sé lo que hará el señor de Miranda; pero lo que es el pobre papá... besaría en donde usted pisa. Estoy segura de ello.

Y Lucía, con un movimiento de apasionada y popular gratitud, hizo ademán de inclinarse ante Artegui.

—Un marido no es un padre...—contestó éste—. Lo racional, lo sensato, señora, es que me vaya. Ya telegrafié a Miranda de Ebro para que, en el caso de hallarse allí su esposo, le digan que está usted aquí en Bayona esperándole. Pero de fijo estará en camino.