—Márchese usted, pues.

Y Lucía volvió a Artegui la espalda, reclinándose en la ventana de codos.

Permaneció Artegui un rato indeciso, de pie en mitad de la estancia, mirando a la niña, que sin duda se estaba sorbiendo las lágrimas silenciosamente. Al fin se acercó a ella, y hablándole casi al oído:

—Después de todo—murmuró—, no hay para qué se apure usted tanto. ¡Guarde usted sus lágrimas, que si vive, tiempo y ocasión tendrán de correr!

Bajando aún más su voz timbrada, añadió:

—Me quedo.

Volviose Lucía con la rapidez de un muñeco de resorte, y batiendo palmas, gritó como una loca:

—Muchas gracias, muchas gracias, señor de Artegui. ¡Ay!, ¿pero se queda usted de veras? Estoy fuera de mí de contenta. ¡Qué gusto, Dios mío! Pero...—dijo de pronto reflexionando—, ¿puede usted quedarse? ¿No le cuesta ningún sacrificio? ¿No le molesta?

—No—respondió Artegui con faz sombría.

—Aquella señora... aquella Doña Armanda que le aguarda a usted en París.... ¿le necesitará también?