—Es mi madre—pronunció Artegui.

Y la respuesta pareció a Lucía satisfactoria, aun cuando realmente no resolviese la duda que acababa de expresar.

Artegui, entretanto, rodando un sillón hasta tocar con la mesa, se sentó, y acodándose sobre el tapiz, escondió el rostro entre las manos, meditabundo. Lucía, desde el hueco de la ventana, observaba sus movimientos. Cuando vio que eran corridos hasta diez minutos sin que Artegui diese indicios de menearse ni de hablar, fuese aproximando quedito, y con voz tímida y pedigüeña, balbuceó:

—Señor de Artegui....

Alzó él el rostro. El velo de niebla cubría otra vez sus facciones.

¿Qué quiere usted?—dijo broncamente.

—¿Qué tiene usted? Me parece que se ha quedado usted así..., muy cabizbajo y muy triste... supongo que será por... lo de antes.... Mire usted, si ha de estar usted tan afligido... creo que prefiero que usted se vaya, sí, señor.

No estoy afligido, estoy... como suelo. ¡Ah!, como usted apenas me conoce, le cogerá de nuevo mi modo de ser.

Y viendo a Lucía que permanecía de pie y con aire contrito, le señaló el otro sillón. Trájolo Lucía arrastrando hasta ponerlo frente al de Artegui, y tomó asiento.

—Hable usted de algo—prosiguió Artegui—; hablemos.... Necesitamos distraernos, charlar... como esta tarde.