—¡Meditar! Lo mismo meditan ellas que ese puente o esos barcos. El privilegio de la meditación—Artegui subrayó amargamente la palabra privilegio—está reservado al hombre, rey de los seres. Y si en esas estrellas existen—como no puede menos—hombres dotados de todas las inmunidades y franquicias humanas ¡esos sí que meditarán!
—¿Usted cree que habrá hombres en esos luceros? ¿Serán como nosotros, señor de Artegui? ¿Comerán? ¿Beberán? ¿Andarán?
—Lo ignoro. Una sola cosa puedo asegurarle a usted de ellos; pero esa, con pleno conocimiento y entera certeza.
—¿Cuál?—interrogó la niña curiosamente, mirando, a la vaga luz de los astros, el rostro descolorido de Artegui.
—Que sufrirán como nosotros sufrimos—contestó él.
—¿Cómo lo sabe usted?—murmuró ella impresionada por aquel hondo acento—. Pues a mí se me figura que en las estrellas, que son tan bonitas y lucen tanto, no ha de haber penas, ni riñas, ni muertes, como acá.... ¡Si allí debe de ser la gloria!—afirmó alzando la mano, para señalar al refulgente globo de Júpiter.
—El dolor es la ley universal, aquí como allí—dijo Artegui, mirando fijamente al Adour, que corría, negro y silencioso, a sus pies.
Poco más departieron, hasta volverse al hotel. Hay conversaciones que despiertan pensamientos profundos y tras de las cuales pega mejor el silencio que palabras frívolas. Lucía, quebrantados los huesos, sin saber por qué, se afianzaba fuertemente en el brazo de Artegui, y él andaba despacio, con su aire de indiferencia. Las últimas frases del diálogo fueron casi desapacibles, casi hostiles.
—¿A qué hora llega el tren de mañana?—preguntó Lucía de pronto.
—El primero, a las cinco o cosa así.