La voz de Artegui era seca y dura.

—¿Iremos a esperarlo, a ver si viene el señor de Miranda?

—Irá usted si gusta, señora; en cuanto a mí, permítame usted que me niegue.

Tan agrio era el tono de la respuesta, que Lucía se quedó sin saber qué decir.

—Van mozos del hotel—añadió Artegui—con usted, o sin usted, a esperar a los trenes. No necesita darse el madrugón... a no ser que su ternura conyugal sea tan viva....

Lucía bajó la frente y se le encendió la faz, como si un hierro hecho ascua le aproximasen. Al entrar en el hotel, la dueña se acercó a ellos; su sonrisa, avivada por la curiosidad, era aún más complaciente y obsequiosa que antes. Les explicó que había olvidado un requisito: preguntar el nombre del señor y de la señora y su país, para apuntarlo en la lista de viajeros.

—Ignacio Artegui, madame de Miranda, españoles—declaró Artegui.

—Si el señor tuviese una tarjeta—osó decir la hostelera.

Artegui entregó el pedazo de cartulina, y la fondista se deshizo en cortesías y cumplimientos, cual si implorase perdón por aquella fórmula.

—Hará usted—ordenó Ignacio—que al esperar mañana al tren de España, pregunten por monsieur Aurelio Miranda.... ¡no se olvide usted! que le digan que madame está aquí en este hotel, sin novedad, y que le aguarda.... ¿Entendido?