—Ya he puesto cantidad de telegramas a las diversas estaciones, señora—dijo descubriéndose cortésmente al verla—. En especial a la más importante, Miranda de Ebro. Me he tomado la libertad de firmar con su nombre de usted.

—Gracias... pero ¿qué? ¿no oyó usted misa? exclamó la niña mirándole atenta al rostro.

—No, señora. Vengo, como le he dicho a usted, de la oficina de telégrafos—contestó él evasivamente.

—Pues dese usted prisa si quiere alcanzarla. En este mismísimo instante salía el sacerdote revestido....

Contrajose levemente la faz de Artegui.

—No oigo misa—repuso entre grave y chancero—. A menos que usted manifestase formal empeño... en cuyo caso....

—¡No oír misa!—pronunció la niña, y veló sus pupilas el asombro, y turbose toda—. ¿Y por qué no oye usted misa? ¿No es usted cristiano?

—Supongamos que no lo fuese—balbució él muy quedo, como reo que confiesa su crimen ante el juez, y meneando melancólicamente la cabeza.

—¡Pues qué es usted.... Dios mío!

Y Lucía cruzó acongojada las manos.