—Lo que el Padre Urtazu llamaría... un incrédulo.
¡Ah!—gritó ella con ímpetu—. El Padre Urtazu diría que son unos malvados los incrédulos todos.
—Pudiera añadir el Padre Urtazu que todavía son más infelices.
—Es verdad—replicó Lucía trémula aún, como arbusto sacudido por el cierzo—. Es verdad: todavía más infelices. El Padre Urtazu no diría, de seguro, otra cosa. ¡Y tan infelices como son! ¡Madre mía del Rosario!
Inclinó la niña la pensativa frente, y quedose anodada, aturdida por el golpe repentino. El sentimiento religioso, dormido hasta entonces, con todos los demás, en el fondo de su alma plácida y serena, despertábase potente al impensado choque. Iban mezcladas dos sensaciones: de punzante lástima la una, de terror y repulsión la otra. Quería apartarse espantada de Artegui, y aun se derretían de compasión sus entrañas sólo al mirarlo. La gente salía de misa; vertía el pórtico ondas y ondas humanas, y Lucía, en pie, no acertaba a separarse de aquella catedral, erguida y blanca como una mártir cristiana en el circo. Le presentó Artegui en silencio el brazo, y ella, dudosa al pronto, aceptó por fin, caminando ambos automáticamente en dirección al hotel. La mañana, un tanto encapotada, prometía temperatura menos cálida y más grata que la de la víspera. Corría regalado fresquecillo, y tras del celaje brumoso adivinábase la sonrisa del sol, como suele columbrarse el amor al través del enojo.
—Está usted triste, Lucia—dijo Artegui a la niña afectuosamente.
—Un poco, Don Ignacio—y Lucía arrancó del pecho doliente suspiro—. Y usted tiene la culpa—añadió en blando son de amenaza.
—¿Yo?
—Usted, sí. ¿Por qué dice usted esas tonterías que no pueden ser?
—¿Que no pueden ser?