—Sí, señor. ¿Cómo es posible que no sea usted cristiano? Vamos, que no dice usted lo que siente.
—¿Qué le importa a usted eso, Lucía?—exclamó él, llamándola segunda vez por su nombre—. ¿Es usted acaso el Padre Urtazu? ¿Soy yo alguien que a usted le interese o le importe? ¿Le han de pedir a usted cuenta de mi alma en algún tribunal? ¡Niña!, eso a usted no le va ni le viene.
—¡No que no! ¡Vaya, Don Ignacio, que hoy está usted de lo más... de lo más desatinado! ¡Que no me ha de importar a mí que usted se condene o se salve, que usted sea cristiano o judío!
—Judío... lo que es judío no lo soy—respondió Artegui, tratando de dar al diálogo giro festivo.
—Es lo mismo... renegar de Cristo es ser judío en suma.
—Dejémonos de eso, Lucía; no quiero verla a usted con ese gesto; ¡se pone usted fea!—dijo en tono desahogado él, aludiendo por vez primera a las condiciones físicas de Lucía—. ¿Qué desea usted ahora? ¿Quiere usted que la lleve a ver alguna curiosidad de este pueblo? ¿El hospital? ¿Los fuertes?
Hablaba afable cual nunca, y Lucía se aplacó, como las crespas olas al cubrirlas capa de aceite.
—¿No podríamos salir a dar una vuelta por el campo? Me muero por los árboles.
Artegui torció hacia el teatro, ante cuyo pórtico aguardaban dos o tres cochecillos de los llamados cestos. Hizo breve seña al más próximo, y el auriga vasco, alzando su fusta, halagó con ella el anca de las tarbesas jaquitas, que, la cerviz enhiesta, se prepararon a arrancar. Saltó Lucía, recostándose en el ligero vehículo, y Artegui se acomodó a su lado, ordenando:
—Camino de Biarritz.