—Importa—dijo él inclinándose—que le pida a usted perdón. Yo no acostumbro decir ciertas cosas al primero que llega; pero a personas como usted todavía menos. He soltado mil necedades, que con razón asustaron a usted. Sobre ser inconveniente, es de mal gusto y hasta cruel, lo que hice. Procedí como un necio y me pesa de ello: créalo usted.
Lucía, levantando el rostro, le miraba. El resplandor de la lumbre doraba su cabello castaño, y teñía de rosa toda su carne: brillábanle los ojos, que alzaba, obligada por la postura.
—Tengo—prosiguió Artegui—dos temperamentos, y suelo obedecerles irreflexivamente, como un niño. Por lo regular, soy como era mi padre, muy firme de voluntad, muy reservado y dueño de sí mismo; pero a veces domina en mí el temperamento materno. Mi pobre madre padeció siendo muy joven, allá en su castillote de Bretaña, ataques de nervios, melancolías y trastornos que nunca ha logrado curar del todo, si bien se aliviaron algo después de mi nacimiento. Ella soltó parte del mal, y yo le recogí; ¡qué mucho que en ocasiones obre y hable, no como hombre, sino como niño o mujer!
—Eso es, Don Ignacio—exclamó Lucía—, que en sana razón no pensaría usted lo que... lo que dijo allí.
—Yendo con usted—prosiguió él—, con una criatura joven y leal, que ama la vida y siente, y cree, ¿quién me metía a mí a hablar de nada triste, ni exponer desvaríos abstrusos, convirtiendo el paseo en cátedra? ¡Ridiculez igual! soy un majadero. Lucia—añadió con naturalidad y sin la menor expresión de amargura—, usted dispensa mi falta de tino, ¿no es cierto?
—Sí, Don Ignacio—murmuró ella bajo.
Artegui arrastró el sillón, y sentose cerca del fuego también, alargando manos y pies hacia la llama.
—¿No siente usted frío ya?—preguntó a Lucía.
—No, señor. Un calor muy agradable, al contrario.
—¿A ver esas manos?