Lucía, sin levantarse, entregó sus manos a Artegui, que las halló tibias y suaves, y las soltó presto.

—Con la lluvia—añadió—, no pude llevarla a usted un poco más lejos, hacia la parte de Biarritz, donde hay tan bonitas quintas y parques al estilo inglés. Ni hemos disfrutado casi de la hermosa campiña. ¡Qué bien olían los henos y los tréboles! Y la tierra. El olor de la tierra labrada es algo acre, pero muy grato.

—Lo que olía bien, eran unas mentas que vi al borde del pantano. Siento no haberme traído ramas.

—¿Quiere usted que vaya por ellas? Pronto estaría de vuelta....

—¡Jesús, María y José! ¡Qué disparate, Don Ignacio! ¡ir ahora por las mentas!—dijo Lucía; pero el placer de la oferta tiñó de púrpura su rostro.

—¿Oye usted cómo diluvia?—agregó por mudar de asunto.

—La mañana no anunciaba este turbión—repuso Artegui—. Es muy húmeda toda Francia en general, y esta cuenca del Adour no desmiente la regla. ¡Lástima no haber podido recorrer Biarritz! Hay allí palacios y comercios monísimos. La llevaría a usted a ver la Virgen que, desde una roca, parece que sosiega el Océano.... Más hermosa idea artística no se puede dar.

—¿Cómo? ¿la Virgen?—preguntó muy interesada Lucía.

—Una estatua erigida sobre unos peñascos.... Al ponerse el sol, es un efecto maravilloso: la estatua parece de oro, y la rodea un mar de fuego.... Es una aparición.

—¡Ay, Don Ignacio! ¿me llevará usted mañana?—gritó Lucía, dilatados los ojos con el afán y alzando sus manos suplicantes.