—Mañana...—Artegui se quedó otra vez pensativo—. Pero, señora—pronunció ya con diverso tono—, ¡hoy debe llegar su marido de usted!
—Es verdad.
Cesó de suyo el diálogo, y ambos interlocutores miraron el fuego, y aún Artegui le añadió leña, porque menguaba. Crujieron los inflamados tizones, y algunos se abrieron, hendiéndose como la granada madura; saltaron mil chispas, y medio se desmoronó el ígneo edificio bajo el peso de los nuevos materiales. Lamió suavemente la llama el reciente pasto que le ofrecían, y al fin comenzó a clavarle sus lenguas de áspid, arrancando con cada beso ardiente un chasquido de dolor. Aunque no fuese todavía muy remota la hora meridiana, estaba el aposento casi obscuro, tal era al exterior el aguacero y el negror del cielo.
—No ha almorzado usted, Lucía—recordó de pronto Artegui, levantándose—. Voy a decir que le traigan a usted el almuerzo aquí.
—¿Y usted, Don Ignacio?
—Yo... almorzaré también, abajo, en el comedor. Es ya muy hora.
—Pero ¿por qué no almuerza usted aquí, conmigo?
—No, abajo—replicó él avanzando hacia la puerta.
—Como usted quiera... pero yo no tengo ganas. No me traiga usted nada. Estoy... así, vamos, no sé cómo.
—Tome usted algo... ha cogido usted frío y le conviene entrar en reacción.