La anémica se apoyó el índice en la frente, con expresivo ademán.
—Parece que el padre quiso que el chico fuese español, y trajo a su mujer a dar a luz a Ondarroa, de donde es él... le hicieron hablar castellano siempre y vascongado con su ama de cría... me lo ha contado Paco Mijares, que como es pariente suyo, sabe todo eso....
Lucía se bebía con avidez aquellas palabras y aquellos detalles nada importantes en sí.
—Tiene extravagancias y caprichos muy particulares.... Hubo un tiempo en que se le antojó trabajar, y entró en una casa de comercio.... Después estudió medicina y cirugía, y tengo entendido que deja tamañitos a Rubio y a Camisón.... En Madrid se iba a los hospitales, por gusto, a estudiar.... En la guerra hizo lo mismo. ¿Sabes tú dónde me lo encontraba yo a veces en Madrid? Pues en el Retiro, mirando al estanque grande fijamente.... ¿Qué tienes, chica?
Lucía, con los ojos cerrados, mortecina la color, se recostaba en el tronco del plátano que sombreaba el banco. Cuando abrió los párpados, la sombra de sus sienes era más marcada, y su mirar vago, como de persona que vuelve en sí de un síncope.
—No sé.... Es que a veces parece que me quedo así, sin sentido.... Es como si me arrancasen el estómago—balbució.
—«Ciertos son los toros»—pensó Pilar—; «¡bien madruga la bendición de Dios!»—añadió para sí, descaradamente.
La noche se venía a más andar, un soplo helado movió el follaje; las dos damas se abrocharon, estremeciéndose, sus abriguillos de paño café con leche, a tiempo que dos bultos negros se destacaban al fin de la avenida. Eran Miranda y Perico, que se asombraron de hallarlas allí tan tarde.
—¡Bonito modo, bonito modo de curarse! ¡Demonios! ¡Si no coges una pulmonía, una pulmonía como para ti sola! Anda, loca, vente, vente.
Levantose Pilar, decaída, muriéndose, y fue a cogerse del brazo de Miranda. Perico ofreció el suyo a Lucía, cuya robustez se había sobrepuesto ya el desfallecimiento momentáneo.