—Dudo que pueda mañana beber las aguas—dijo Lucía a su acompañante—. Estuvo hoy algo excitada... y ahora viene la reacción de cansancio....

—¿A que resucita, a que resucita si la dejo ir al Casino?

—¡Ay, Periquillo del alma!—gritó la anémica, que con su fino oído no perdía palabra—. ¿Me dejas, eh? ¿Qué daño me ha de hacer eso? Ande usted, Miranda, interceda usted por mí.

—Hombre, alguna vez.... Puede que le sirva de alivio, distrayéndola.

—No haga usted caso, Gonzalvo.... Dice el señor Duhamel que no.... ¿quién lo sabrá mejor, el médico o ella?

—¿Y usted?—pronunció Perico, con unos asomos de galantería a que le incitaban el anochecer, el marido caminando delante y sus inveteradas malas mañas—. Y usted, joven y bonita como es, ¿por qué no viene al Casino? Esas galas que se mueren de risa, de risa, en los baúles mundos, estarían mejor luciéndose allí.... Vamos, anímese usted, anímese usted, y yo la traeré un ramo de camelias como el que tenía anoche la sueca.

—No quiero eclipsar a la sueca—exclamó risueña Lucía—. ¿Qué será de ella si me presento yo?

—Pues aunque lo diga usted de guasa, de guasa, es la pura verdad...—y Perico bajaba traidoramente la voz—. Vale usted por diez suecas...—y en tono más alto añadió—si Juanito Albares no hiciese tanta majadería, maldito si nadie se acordaba, se acordaba de ella....

Juanito Albares, como le llamaba amistosamente Perico, era duque, grande de España dos o tres veces, marqués y conde no sé cuántas; dato que es muy digno de ser tenido en cuenta por los biógrafos del elegante Gonzalvo.

—¿Dónde tiene usted los ojos, hombre?—exclamó Lucía con su franqueza castellana—. ¡Valor se necesita para decir eso!, es hermosísima la sueca; en cualquier parte, emboba a la gente. Más blanca es que la leche, y luego unos ojos....