Oigamos el concertante.

—Pues éste lo compré hoy—decía Lola remangando desenfadadamente la manga de su vestido de muselina rosa con lazos de raso granate obscuro, y enseñando un brazalete de cuyo aro pendía un cochinillo retorcido de rabo y potente de lomo, ejecutado en fino esmalte.

—Yo lo tengo en imperdible—añadía Amalia Amézaga, señalando a otro marrano no menos lucio, que hozaba entre los encajes de su corbata.

—¡Válgame Dios! ¡qué moda más fea!—exclamaba Luisa Natal, hermosura próxima al ocaso, y muy atenta a no usar perifollo alguno que su belleza no realzase—. Yo no me pondría semejantes bichos; ¡se acuerda uno del mondongo! ¿verdad, condesa?

Hizo un signo aprobativo la condesa de Monteros, española rancia, devota y un tanto severa.

—Yo no sé qué van a inventar ya—pronunció reposadamente—. He visto en esas tiendas elefantes, lagartos, ranas y sapos, y hasta arañas; en fin, los animalejos más asquerosos en adornos de señoritas. En mis juventudes no nos pagábamos de tales extravagancias; buenos brillantes, bonitas perlas, algún corazón de rubíes.... ¡ah! también usábamos los camafeos; pero era un capricho precioso... se grababa en ellos el retrato de uno mismo... o alguna virgen, algún santo.

Reinó breve silencio; las Amézagas no se atrevían a replicar, subyugadas por el señorío de aquella autorizadísima voz.

—Mire usted, condesa—dijo Pilar al cabo, satisfecha de hallar un motivo para desesperar a las Amézagas—, lo bonito, es ese agujón de Luisa.

Luisa sacó de su moño el clavo de oro, con cabeza de amatista, constelada de diamantes chiquititos.

—Otro igual tenía ayer la sueca—explicó al ponerlo en manos de la condesa—. Llevaba todo el juego: pendientes, collar de bolas de amatista y el agujón. Reguapísima que estaba la mujer con eso y el traje heliotropo.