—¿Ayer de noche?—preguntó Pilar.

—Sí, en el teatro. El otro, penado y muerto como de costumbre... a las diez hizo su entrada en el palco, presentándole el ramo consabido de camelias y azaleas blancas... dicen que le cuesta sus setenta franquillos por noche.... Es un aditamento regular al coste de la pensión en el hotel....

—Ese sobrino mío no tiene vergüenza ni decoro—afirmó gravemente la condesa de Monteros.

—¡Un hombre casado!—dijo Luisa Natal, que hacía excelente menaje con su marido, ciego cumplidor de todos los caprichos de su mitad.

—¿Y se sabe por fin si la sueca es hija o mujer de ese barón de... de... nunca puedo acordarme de su nombre... vamos, de ese viejo que anda con ella?—interrogó la condesa, entrando por fin en la corriente de curiosidad que la arrastraba, a pesar de su digna actitud.

—¿De Holdteufel?—pronunció con acento cantarín Amalia Amézaga—. ¡Bah, quién lo puede averiguar!, pero según la libertad que le deja, más parece su esposo que su padre.

—Se necesita descaro—prosiguió con discreta y risueña indignación Luisa Natal—, para ser así la comidilla de todo el mundo....

—¡Toma!—dijo la voz de flauta de Pilar—. Pues eso quiere él, ¿qué se creían ustedes?; el toque y el gustazo están en dar que hablar.

—Siempre fue Juanito así, muy farfantoncillo—murmuró la condesa enternecida al recordar a su sobrino, cuando hecho un diablo traviesísimo de diez años, iba a su casa a darle jaqueca pidiendo mil chucherías.

—Hasta anteayer....