El grupo se estrechó: acercáronse unos a otros los sillones, y por un instante se oyó el cadencioso chirriar de las ruedas sobre el piso.
—Anteayer...—siguió Amalia Amézaga en tono algo más bajo—fue ésta al tiro de pistola....
—¿Tiras ahora?—preguntaron a un tiempo Pilar y Luisa Natal.
—Un poco... por distraerme...—Y Lola se atusó el negro flequillo, cortado recto a un dedo de distancia de las cejas, que la asemejaba a un paje de la Edad Media, realzando su cara descolorida de hija de los trópicos y sus grandes ojos, infantiles, pero de niño malicioso y precoz.
—Pues...—siguió Amalia, viéndose religiosamente escuchada—allí estaban Jiménez y el marquesito de Cañahejas, y Monsieur Anatole... y todos leían y comentaban un suelto del Fígaro, en que se refería la sensación causada en una de las estaciones termales más elegantes de Francia y de Europa, por el loco amor de un magnate español a una dama sueca....
—Pone iniciales no más—agregó Lola—; pero es claro como la luz.... Y dice, por más señas: «ce digne petit fils du Comte d'Almaviva se ruine en fleurs...»
Un coro de risas sofocadas brotó del círculo. Lola sabía decir las cosas con cierto ceceo y cierto parpadeo, que las mejoraba en tercio y quinto.
—¿Y ella, qué tal, se ablanda?—preguntó Pilar.
—¿Ella?—repuso Lola—. ¡Ah!, todas las noches, al recibir el ramo, le contesta lo mismo, invariablemente: Jrasiás, señor duque, trop amable.
Redoblaron las carcajadas. Hasta la condesa se sonreía, con el abanico abierto delante por decoro.