Mas si esperaba el duque algún fruto de acechar así por los cristales, cayole la pascua en viernes, porque la sueca, después de haber tocado con gran sosiego y maestría hasta media docena de mazurcas, se levantó con no menor majestad de la desplegada al entrar, y sin volver el rostro, tomó hacia la puerta. Ésta se abrió como por obra de un conjuro, y el diplomático de blancas patillas se presentó afable y serio, ofreciendo el brazo. Fue una salida de reina, très réussie, como decían en el grupo de francesas.
—¡Parece la princesa Micomicona!—dijo Lola Amézaga, que aquella mañana no se había pasado menos de dos horas al espejo, ensayando el regio modo de andar de la sueca.
—¡Qué empaque!—observó Luisa Natal—. No, buena moza, ya lo es. ¡Cuidado con el talle! ¡Y qué manos! ¿No se las habéis reparado?
—Yo la miro poco—contestó Pilar—. No le doy ese plato de gusto. ¡Sólo adopta esos ademanes teatrales para llamar la atención!
—¡Fresco se ha quedado Albares!—exclamó Amalia—. ¡Ella ni se enteró de que estaba ahí!
Todas se volvieron a mirar hacia las vidrieras. Ya no se hallaba allí el duque.
—Ahora se habrá ido escapado a intentar verla en el Parque. ¿Vamos a convencernos?
—Sí, vamos, vamos; la escena será chistosa.
Levantáronse, y recogieron aprisa abanicos, sombrillas y velos, precipitándose hacia la puerta.
—Eh, ¡señoritas!—decía la condesa de Monteros—. No corran ustedes tanto, yo no soy tan joven como ustedes, y voy a quedarme atrás. A fe—añadía entre dientes—que cuando le eche la vista encima a mi señor sobrino, le espeto lo que viene al caso, por matar así a disgustos a aquella pobre Matilde que es un ángel.