Mientras se solazaba Pilar de manera tan conforme a sus inclinaciones, aguardábala Lucía en el balcón del chalet. A aquella hora, nadie estaba en casa, ni Miranda, ni Perico; el Casino se los había tragado a todos. Apenas cruzaba un transeúnte por la retirada calle. Sólo se oía, entre el silencio, el estridor monótono de la máquina de coser que la hija de la conserje manejaba. En el jardín, las rosas, embriagadas del calor bebido durante la mañana entera, se deshacían en perfumes; hasta las frías rosas blancas tenían matices rancios, como de carne pálida, pero carne al fin. De todo el coro de aromas se formaba uno solo, penetrante, fortísimo, que se subía a la cabeza, como si fuera la fragancia de una rosa no más, pero rosa enorme, encendida, que exhalaba de su boca de púrpura hálito fascinador y mortal. Lucía empezaba por coser, al sentarse; pero al cuarto de hora la almohadilla se caía de su regazo, escapabásele el dedal del dedo, y vagarosa la pupila, permanecía con los ojos fijos en los macizos de rosales, hasta que al fin sus párpados se cerraban, y recostando la frente en las ramas que tapizaban el balcón, abandonábase a la delicia de aquella atmósfera embalsamada, sin oír, sin ver, respirando no más. Dos meses antes, no hubiera podido estarse quieta media hora; los jardines la convidaban a correr. Ahora, por el contrario, la incitaban a dejarse estar así, inmóvil, y anonadada, como el güebro ante el sol.

Una tarde, Pilar, al volver de su club, la halló como nunca pensativa.

—Tonta—le dijo—¿en qué cavilas? Si vinieses al Casino, te divertirías mucho.

—Pilarcita—murmuró Lucía echándole al cuello los brazos—, ¿me guardarás un secreto si te lo digo?

Encendiéronse los ojos de la anémica.

—¡Pues no! Desahoga ese corazón, mujer.... Entre nosotras, ¿verdad?, todo puede contarse.... Yo he visto tantas cosas... nada me sorprende....

—Escucha...—dijo Lucía—. Quisiera saber, a toda costa, cómo sigue la madre del señor don Ignacio Artegui.

Retrocedió Pilar desorientada; y riéndose en seguida con su cínico reír, exclamó:

—¿No es más que eso? ¡Vaya un secreto! ¡Gran puñado son tres moscas!

—Por Dios—suplicó apurada Lucía—, que a nadie se lo indiques.... Yo me muero por saberlo, pero si se entera... alguien.... Miranda, o así....