Puedo asegurar que ignoro cuándo se produjo en mí lo que llaman crisis religiosa, o sea ese período en que los muchachos examinan sus creencias, las pasan por misterioso tamiz, y al fin las arrojan, sintiendo el dolor de la pérdida de la fe como si les arrancasen una muela cordal. Creo que para mí no existió tal transición, ni tales agonías de la duda, ni tales remordimientos y nostalgias al contemplar una iglesia gótica. Fuí incrédulo por naturaleza y entré ya que no en el ateismo, al menos en la indiferencia, como terreno propio. No me «pervirtió» la lectura de ningún libro en especial, ni la conversación con personas «de malas ideas»; nadie «me abrió los ojos»; imagino que ya los traje abiertos a este mundo. Así como a muchos jóvenes les sería imposible especificar en qué circunstancias perdieron la inocencia del espíritu en materias sexuales, lo es para mí fijar el punto en que mi fe empezó a tambalearse, supuesto que no recuerdo haberla tenido nunca muy vivaz y sólida. Creo que nací racionalista.
Pues aquí entra lo raro: con ser esto verdad, el insulto de «judío tramposo» me quedo siempre fijo en el alma, a manera de envenenado hierro de flecha salvaje. Nunca se atrevieron a repetirlo en mi presencia mis compañeros de aula; yo, sin embargo, ni un día lo olvidé. Hallándome próximo a terminar el bachillerato, y siendo ya espigado y talludito, contraje amistad con un D. Wenceslao Viñal, ente estrafalario, pero sabidor, algo ratón de biblioteca, erudito en menudencias estrambóticas, y al corriente de mil cosas raras de arqueología, epigrafía e historiografía gallegas. Este tal me prestaba libros viejos, y a veces me llevaba a pasear por las inmediaciones de Pontevedra, a caza de vistas pintorescas y edificios ruinosos. Yo, a fuer de chico aplicado, le crucificaba a preguntas. Una tarde se me ocurrió que Viñal podía sacarme de dudas acerca de la cuestión hebraica, y armándome de resolución, le dije:
—Oiga, D. Wenceslao, ¿es cierto que en Marín hay familias que descienden de judíos, y una de ellas los Cardoso?
—En efecto —contestó apaciblemente el bibliómano, que ni notó el afán con que yo preguntaba—. Son familias oriundas de Portugal. En Marín les tienen mucha tirria: dicen que no han abjurado, que aún siguen el rito mosáico, que se mudan los sábados en vez de los domingos, y que no comen un pedazo de tocino aunque los desuellen.
—¿Y usted cree eso?
—Para mí son paparruchas y cuentos de viejas: digo, lo de seguir ahora cumpliendo el rito mosáico. Lo de venir de casta de judíos esa gente no puede negarse. Si tengo tiempo, aún he de revolver unos papelotes antiguos y desenterrar a un Juan Manuel Cardoso Muiño, natural de Marín, a quien la Inquisición de Santiago administró unas vueltas de mancuerda y algunos cientos de azotes por judaizante. Era además «leproso y gafo». Ya ves tú si estoy en pormenores, rapaz. Yo buscaré...
—No, no, no hace falta. Si era sólo... por saber. Una curiosidad tonta. No se moleste, D. Wenceslao.
Por espacio de un mes temí que el condenado buscase y le tentara el diablo a enviar a algún periodiquito un comunicado ridículo, de los que ponía cada dos años, siempre que imaginaba haber descubierto algún dato inédito y precioso, capaz de servir de llave a la historia del antiguo reino de Galicia. Evité cuidadosamente refrescar la conversación de los judaizantes de Marín, y esta precaución demuestra que no acababa yo de conformarme con la azotaina de Juan Manuel Cardoso Muiño. Más adelante, cuando hube de dejar a Pontevedra por Madrid, con objeto de empezar los estudios preparatorios al ingreso en la Escuela de Caminos, me acordé a menudo de la «mancha» y traté de mirarla a la luz de un criterio sensato. Me parecía ridículo atribuir importancia a lo que en nuestro estado actual carece de ella. Ante la filosofía histórica, los judíos son un pueblo de noble origen, que nos ha dado «la concepción religiosa»: concepción a la cual, tomándola como alta elaboración de la mente o arranque sublime del sentimiento humano, atribuía yo gran importancia. Teniendo en cuenta otro dato, el de la opinión social, tampoco era lícito ya despreciar a los hebreos. El estigma de la Edad Media se ha borrado de tal modo, que los ricos capitalistas judíos se enlazan hoy con lo más linajudo de la aristocracia francesa, y dan lucidas fiestas y convites, a que concurre la española. Si dejando aparte estas consideraciones externas, me fijaba en otras de mayor elevación y profundidad, acordábame de aquel excelso pensador Baruch o Benito Espinosa, que al fin era de estirpe judía, lo mismo que el poeta Heine y el músico Meyerbeer... En suma, yo me repetía a mí mismo que no hay razón alguna para que el descender de judíos repugne tanto, a no ser la sinrazón de una antipatía instintiva, hija de preocupaciones hereditarias. No cabía duda: la sangre de cristiano viejo que giraba por mis venas era la que se estremecía de horror al tener que mezclarse con gotas de sangre israelita. Extraña cosa, pensaba yo, que lo más íntimo de nuestro ser resista a la voluntad y a los dictados del entendimiento, y que exista en nosotros, a despecho de nosotros, un fondo autónomo, instintivo, donde reina la tradición y triunfa el pasado.
Y aquí sale otra vez mi tío Felipe. No sé si he dicho que era hermano de mi madre, poco más joven que ella; cuando empieza este relato, frisaría en los cuarenta y dos o cuarenta y tres. Pasaba por «buen mozo» tal vez por ser alto, apersonado, un poco grueso y con abundantes cabos de pelo y barba. Ello es que, desde el primer golpe de vista, mi tío ofrecía patentes los rasgos de la raza hebraica. No se parecía ciertamente a las imágenes de Cristo, sino a otro tipo semítico, el de los judíos carnales, que en pinturas y esculturas de escenas de la Pasión corresponde a los escribas, fariseos y doctores de la ley. En algunos cuadros del Museo ví caras semejantes a la del tío Felipe. Sobre todo en lienzos de Rubens, en aquellos judiazos fuertes, sanguíneos, de corva nariz, de labios glotones y sensuales, de mirada suspicaz y dura, de perfil de ave de rapiña. Algunos, exagerados por el craso pincel del insigne artista flamenco, eran caricaturas de mi tío, pero caricaturas muy fieles. La barba rojiza, el pelo crespo, acababan de hacer de mi tío un sayón de los Pasos. Y era evidente: la cara de deicida del hermano de mi madre fué lo que me infundió desde la niñez aquella repulsión airada, fría, invencible, cual la que inspira el reptil que no nos infiere ningún daño: repulsión que no pudieron desarraigar ni mis ideas racionalistas, ni mi positivismo científico, ni la protección y amparo que debí a tan aborrecido ser.
«Estas son —calculaba yo— jugarretas del arte. De quinientos años acá se dedican los pintores a juntar en media docena de fisonomías la expresión de la codicia, la avaricia, la gula, la crueldad, la hipocresía y el egoismo, y así han conseguido hacer tan repugnante el tipo judaico. Bien dice Luis. La tradición, cemento pegajoso y adherente, moho que se nos cría en el alma, es más fuerte que la cultura y que el progreso. En vez de pensar, sentimos; y más bien son los muertos quienes sienten por nosotros.»