Había momentos en que por no reconocerme culpable de aprensiones tontas, buscaba otros fundamentos al desvío que me inspiraba mi tío Felipe. Yo soy muy devoto de la limpieza, y mi tío, sin ser descuidado en el traje, no se pasaba de limpio en su persona; a veces sus uñas no vestían de claro, y cubría sus dientes un velo verdoso. También redoblaba mi malquerencia el notar que mi tío, sin mérito alguno, sin condiciones morales ni intelectuales, había sabido labrarse una posición. No afirmaré que fuese un malvado ni un imbécil, sino más bien uno de esos productos híbridos de las regiones intermediarias, un Juan vulgar, ni bueno ni malo de remate, pero sin escrúpulos y sin ideal. Hongo nacido entre la podredumbre de nuestra política, criado a la sombra manzanillesca del chanchullo electoral, mi radicalismo le condenaba, con la inflexibilidad propia de los pocos años, a las gemonías del desprecio. Aunque no le veía tan encumbrado como a otros caciques conterráneos suyos, su injustificada prosperidad bastaba para herir en mí la fibra de la indignación, muy sensible en la juventud.

Mi tío poseía, cuando se licenció de abogado, un patrimonio compuesto de fincas rústicas, tierras y alguna casita en Pontevedra: no llegaría a producir mil duros anuales al cinco por ciento de interés. Cómo esta fortunita apareció, a la vuelta de pocos años, cuadruplicada en acciones del Banco y títulos de renta, explíquelo quien sea capaz. Mi tío no ejerció su profesión: la abogacía fué para él lo que suele ser para los españoles mezclados en política: una aptitud, un pasaporte. Politiqueó cautamente, sin principios, agarrado a personas, nadando y guardando la ropa. Salió diputado provincial con frecuencia, y picó a su sabor en el cesto de brevas de las comisiones. A fin de no derrochar en batallas electorales, se contentó con venir a las Cortes una vez sola, en una de esas vacantes que ocurren en vísperas de elecciones generales, y que suelen beneficiar los periodistas. Con el favor de D. Vicente Sotopeña, árbitro omnipotente de Galicia, aprovechó la ganga, saliendo sin gastarse una peseta, jurando el cargo el día antes de cerrarse la legislatura, y quedando en condiciones de poder llegar a gobernador, y más adelante... ¿quién sabe? a consejero de Estado o de Instrucción pública. Gobernador lo fué bien pronto, unas veces interino, otras en propiedad. No descuidó por eso sus intereses, y en Pontevedra se habló bastante de la expropiación de ciertos ranchos de mi tío, pagados por el Ayuntamiento a precio fabuloso. Caiga el telón. Don Felipe se contaba en el número de los políticos cucos de tercera fila, olvidados, y que donde meten la cuchara sacan tajada de carne. Su método consistía en restar pérdidas y sumar provechos. Decíase de él, en son de elogio, que era muy largo. A mí la tal longitud me parecía otra señal de hebraismo, apreciación en la que acaso pequé de injusto, porque hartos caciques de mi tierra, de purísima raza ariana, no son más cortos.

A veces me entraban escrúpulos de lo mal que quería a mi pariente. Me acusaba de indelicado, pues pagaba con odio el bien que recibía. Si mi tío era tacaño, mayor mérito contraía al sufragar buena parte de los gastos de mi carrera. Y no podía negarse que, a su modo, él me demostraba afecto. Cuando estaba en Madrid solía darme para el teatro; dos o tres veces en la temporada me llevaba a almorzar o comer en Fornos; jamás se mostraba severo conmigo; me trataba como se trata a los muchachos, bromeando y riendo; me preguntaba por mis trapicheos y líos, por las travesuras de mis compañeros de hospedaje, por las vecinas de enfrente que eran graciosas, y hasta se metía en vedado, echándola de doctor y maestro en todas las asignaturas del amor licencioso y venal. De sobremesa, cuando el vino, el café y los licores le arrebataban la sangre a las mejillas, lucía su ciencia tratando puntos intrincados que a veces me sublevaban el estómago. No me atrevía a protestar, porque los hombres nos avergonzamos de no parecer corrompidos; pero la verdad es que mi paladar juvenil rechazaba aquella pimienta rabiosa. De noche las torpes imágenes evocadas por la conversación me importunaban y me ponían febril, hasta que con la jarra llena de agua fría me propinaba duchas por el espinazo abajo. Este remedio heróico despejaba mi cerebro y me permitía enfrascarme otra vez en los libros. El odio es un resorte tan poderoso como el amor, y yo veía en el término de mi carrera el fin de un protectorado para mí insufrible. Ser dueño de mí mismo, ganar con qué vivir, resarcir a mi tío de sus gastos era mi sueño, y me cogía a sus alas para no caer rendido en las estepas de la Maquinaria, la Construcción y la Topografía.

Ahora que dejo retratado a D. Felipe, añadiré que cuando nos vimos en el obscuro saloncito bajo de Fornos —ante la mesa donde el mozo iba depositando una concha de rábanos, otra de bocaditos de manteca, bollos de Viena, y luego los platos del almuerzo— el anfitrión me dijo, dándome una palmadita en el hombro, sin mirarme a la cara:

—Adivina lo que tengo que participarte.

—¿Cómo quiere usted que adivine?

—Pues no sé de qué sirve tanto estudio —observó con pretensiones festivas.

Me encogí de hombros, y él añadió:

—Es que me caso.