IV
Sin duda, para festejar esta noticia, había pedido que nos sirviesen una garrafa de Champagne helado, golosina siempre deliciosa, y más cuando empezaba a apretar el calor y a requemarse la atmósfera madrileña. Tenía yo en la mano la ligera copa colmada de aquel fresco oro líquido, y al oir lo de la boda hice un movimiento de sorpresa y derramé una cascadita sobre el mantel.
El novio evitaba fijar sus ojos en los míos, que se clavaban en su rostro dilatados por la sorpresa. Fingió recoger migas de pan y afianzar la servilleta en el ojal del chaleco, pero de soslayo me observaba. Viendo mi silencio añadió de mala gana y sin franqueza:
—Celebraré que mi boda merezca la aprobación de tu madre... y también la tuya.
Yo entretanto discurría. «Vamos, se entiende. Este tenía algún tapujo... Habrá enviudado la prójima o querrán legitimar la prole... A los solterones les pasa siempre lo mismo...» Comprendiendo que debía decir algo, pregunté con insegura voz.
—¿Mamá lo sabe?
—Ayer se lo escribí.
—¿Supongo que le dirá usted el nombre de la novia?
—¡Si justamente la conocí en la Ullosa, en casa de tu madre! Ya ves qué coincidencia...
Roto el hielo, charlaba deprisa, como quien desea vaciar el saco.